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El debate tributario en Chile no puede reducirse a tasas o créditos, sino que debe abordar el rol de la empresa en el crecimiento, la inversión y el desarrollo.
El debate sobre el Proyecto de Reactivación ha sido, en lo fundamental, un debate de tasas, créditos, integración, invariabilidad. Lo que ha estado ausente es la discusión de fondo: qué visión de país supone cada posición. Casi todos declaran querer que Chile crezca, que haya más empleo, que se generen más oportunidades. Pero sus propuestas ignoran una condición básica: Chile no puede prosperar sin un sector empresarial sólido, competitivo y convencido de su propio valor. Al respecto, cuatro observaciones para el debate.
- La empresa como institución. Ronald Coase se preguntó en 1937 por qué existen las empresas. Su respuesta: porque reducen los costos de transacción. La empresa es una solución institucional a los problemas de coordinación. No es un accidente histórico ni un arreglo de poder: es una respuesta eficiente a la complejidad de la cooperación humana a escala. Cuando la debilitamos —con impuestos que desincentivan la inversión, con regulaciones que encarecen la operación, con un clima político que cuestiona su legitimidad— no estamos redistribuyendo riqueza. Estamos destruyendo la institución que la genera.
- El empresario que descubre lo que el Estado no ve. Israel Kirzner describió al empresario como un descubridor: el agente que identifica oportunidades que nadie más había advertido. Esa función es constitutivamente imposible de centralizar. Ningún ministerio puede replicarla, porque depende de información dispersa y tácita que solo existe en quien está en terreno, dispuesto a arriesgar. Douglass North complementó esta intuición: los países que prosperaron construyeron instituciones que hacían que valiera la pena invertir e innovar en el largo plazo. Cuando esas reglas se vuelven inestables, el talento y el capital migran. Silenciosamente. Y el daño es difícil de revertir.
- La paradoja del progresismo sin empresa. Hay una contradicción que el debate chileno no ha resuelto. Hay sectores que quieren más gasto social, mejores pensiones, mejor educación pública. Son objetivos legítimos. Pero sostienen simultáneamente posiciones que desincentivan la actividad que financiaría todo eso. Deirdre McCloskey documentó que el gran enriquecimiento de los últimos dos siglos no fue producto de la acumulación de capital: fue producto de un cambio cultural que comenzó a considerar al empresario como una figura digna, cuya actividad merecía respeto y protección. Cuando esa dignidad se erosiona, las consecuencias no son solo económicas. Son civilizatorias.
- Un mensaje para los propios empresarios. Durante demasiado tiempo, el empresariado chileno ha respondido a la presión redistributiva con argumentos exclusivamente técnicos —el impacto en la inversión, la fuga de capitales— sin articular una defensa moral de su actividad. Eso es un error estratégico e intelectual. La pregunta que la sociedad le está haciendo no es solo ¿cuánto tributas? Es ¿para qué existes? ¿A quién le sirve que crezcas? La defensa del mercado no puede ser solo utilitaria. Debe ser también ética: debe mostrar que quien innova, contrata y arriesga ejerce una actividad virtuosa que merece respeto, no apenas tolerancia.
- Lo que está en juego. Corea del Sur, Finlandia, Irlanda, Polonia: países muy distintos que tienen en común haber apostado por sus empresas como motor del desarrollo. No como un favor a los ricos, sino como una decisión de país. Chile tomó esa apuesta en algunos momentos de su historia reciente, y los resultados fueron notables. La pregunta es si estamos dispuestos a tomarla de nuevo, con convicción y con los argumentos bien puestos.
Chile necesita más empresa. No como consigna. Como programa.
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